Un churro para el siglo XXI
Pichurrines. / EL COMIDISTA
Nunca he entendido por qué los churros no ocupan el estatus que merecen en nuestro santoral gastronómico. Perdemos el culo por ñoñerías como los cupcakes, pijadas como los macarons y frankensteins como los cronuts, mientras desdeñamos como "zafios" o "grasientos" estos deliciosos tubitos de masa frita. Imagino que expresiones antiguas como "hecho un churro", "de churro" o "como churros" -dejaremos el análisis de "mojar el churro" para otra ocasión- denotan que este desprecio no es nuevo, y que nuestros humildes amigos nunca fueron demasiado valorados. Gran injusticia: tan esenciales como delicados cuando están bien hechos, para mí representan una de las grandes creaciones de la repostería popular española.
¿Hay lugar para el churro en el siglo XXI? Fuera de España, parece de cajón que sí. En Estados Unidos el churrerismo se extiende gracias a cadenas de la Costa Oeste como Xooro o templos como La Churrería o Le Churro, en Nueva York. Tras triunfar en Tokio y Osaka, la mítica San Ginés de Madrid ha abierto chocolaterías en Shanghái, y aspira a expandirse por China con 50 más. En Londres tenemos a Churros García defendiendo el pabellón, mientras que en Australia los 36 establecimientos de la cadena Chocolatería San Churro dejan claro que el producto gusta. Eso por no hablar de la larga tradición del dulce en un montón de países latinoamericanos. En nuestro país, el culto al churro parece bastante asentado en algunas ciudades -tanto como los crímenes que se cometen contra él con versiones aceitosas e indigestas-, pero no abundan los intentos de actualizarlo o acercarlo a un público nuevo.
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