La angula con ojos
Un delicado producto, escaso y caro, alimenta el apetito por lo exclusivo de su consumo
Angulas con guindilla y piparras. / YAYO GALIANA
Es un viernes por la noche de enero. Hace frío en la calle y llovizna. En una sociedad gastronómica donostiarra media docena de amigos se reúnen alrededor de una mesa de madera escoltada por dos bancos corridos. Brindan con txakoli y esperan ansiosos la llegada del séptimo compañero, que se aproxima presuroso resguardando su camisa de cuadros con un gastado delantal azul anudado por debajo de la tripa. Entre las manos, protegidas con dos trapos de cocina mal doblados, sujeta una cazuela de barro que chisporrotea y va dejando a su paso un tenue reguero de humo con olor a aceite y ajos. Son angulas de verdad, de las que tienen ojos, no esas impostoras elaboradas con pasta de surimi que se han ido apropiando de su espacio en la cocina de los últimos años. Como si se tratase de un ritual rejuvenecedor, los ojos de los miembros de esa cuadrilla, en simbiosis compartida con las propias angulas, también resaltan, incluso brillan, pero de felicidad.






