Catar insectos (y descubrir que están ricos)
El Comidista continúa con su serie Gastrogonzo, sección de periodismo suicida sobre comida en la que probamos cosas raras, peculiares, estrambóticas o poco habituales en nuestra civilización. El objetivo final es comprobar si nos estamos perdiendo algo o si es mejor (virgencita, virgencita) que nos quedemos como estamos.
Clara y Carlos, dos de nuestros cómplices en la bichocata / EL COMIDISTA
Comer insectos: qué asco, qué horror, bichos ni de broma, que se los coman ellos, yo vomito, a mí dame un buen filete. ¿Ya? Bien, pues ahora que ya hemos sobrerreaccionado como buenos occidentales y estamos más relajados, hablemos con calma de la posibilidad de considerar estos animalitos como un alimento.
Este pensamiento no es en absoluto disparatado, por múltiples motivos. Uno: una parte importante de la población mundial (unos 2.000 millones de personas) ya los consume, por lo que nuestro rechazo es puramente cultural. Dos: ya comemos insectos sin saberlo. El entomólogo y experto en la materia Marcel Dicke calcula que los occidentales ingerimos unos 500 gramos de insectos triturados en productos de origen vegetal (chocolate, galletas, harina, sopas de sobre, etcétera). Tres: la ONU lo recomienda con argumentos sólidos. Los insectos no sólo son sanos y nutritivos, sino que su producción resulta más barata y sostenible que la de otros productos comestibles. Y cuatro: ¿qué pasa si están buenos?

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