Cuando hablamos del periodista gastronómico, nos encontramos con un imaginario popular que está repleto de tópicos, a medio camino entre la sofisticación y la petulancia. De repente, evocamos a Grimod de La Reynière paseando por París y organizando mesas de cata. O a un despiadado inspector de la Guía Michelin, cuya identidad es secreta, que retira la estrella de un restaurante porque la sopa está fría. La caricatura más reciente es Anton Ego, el crítico de la película Ratatouille, que aunque pertenece al género de animación, ha consolidado entre el público la idea de que en esta profesión somos engreídos y esnobs, o que vamos por la vida mirando por encima de las gafas y con una bufanda anudada al cuello. También es habitual que se confundan los términos: no es igual un periodista que un blogger, ni un crítico que un inspector.






