Cézanne, dentro y fuera
58 pinturas de Cézanne -49 óleos y 9 acuarelas- procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo, la mayor parte nunca vistas en España, se expondrán, junto a nueve obras de otros artistas, como Pissarro, Gauguin, Bernard, Derain, Braque, Dufy y Lhote, en el Museo Thyssen a partir del próximo martes. La retrospectiva, comisariada por Guillermo Solana, tiene el paisaje y las naturalezas muertas como temas centrales. El subtítulo de la exposición, site/non-site, tomado del artista y teórico Robert Smithson, alude a la dialéctica entre exterior e interior, entre la pintura al aire libre y el trabajo en el estudio. Con motivo de esta gran muestra, la primera desde hace treinta años en nuestro país (la última fue en 1984 en el MEAC), el crítico José María Parreño y el artista Alfonso Albacete recorren los misterios, las emociones, los motivos, los pliegues y las texturas de la obra del pintor francés. Seleccionamos también los cuadros ante los que hay que detenerse en la visita a esta exposición de Cézanne en el museo Thyssen.
JOSÉ MARÍA PARREÑO | 31/01/2014 | Edición impresa
Detalle de Nieve fundiéndose en Fontainebleau (1879, 1880)
Paul Cézanne (1839-1906) es, para el público español, una especie de “emiencia gris” del arte moderno. Es decir, que todos sabemos de su importancia fundamental. Sabemos que es el punto de no retorno en el viaje de la pintura desde las fórmulas clásicas de composición hacia el cubismo, y luego hasta la abstracción. Sabemos que contemplar sus cuadros marcó un antes y un después en la trayectoria de genios tan diversos como Carrá, Morandi o Motherwell, y desde luego, en las de Gris, Braque y Picasso. Hay una frase que se ha atribuido indistintamente a este último y a Matisse: “Cézanne es el padre de todos nosotros”. Todo esto lo sabemos. Pero por otro lado, hemos podido ver muy pocos cuadros suyos (no hay apenas en colecciones españolas) y además, no son espectaculares en modo alguno. Finalmente, Cézanne no es más que un pintor. O sea, que no es un personaje excéntrico como Dalí, un atleta sexual como Picasso o un adicto a los viajes como Gaugin. Cézanne era sólo un pintor, y eso para la industria cultural es muy poca cosa. Así que le hemos puesto en un altar muy alto, que recuerda un poco a un trastero. Es, como decía al principio, un pintor imprescindible, del que prescindimos perfectamente.
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