Cuatro pestos que no se parecen al pesto
Pestos megamonos en vasitos supercuquis. / EL COMIDISTA
El pesto es el mejor amigo de los vagos, los torpes y los cagaprisas de la cocina. Preparar este invento italiano es tan sencillo como triturar unos cuantos elementos y dejarlos durmiendo un rato ellos solitos. Después, basta con abrir el bote donde lo hayamos puesto y añadirle un par de cucharadas a una humilde pasta cocida para obtener un plato digno de un emperador, un duce o un papa.
El pesto más famoso del mundo, procedente de Génova, lleva albahaca, piñones, parmesano y ajo. Sin embargo, la fórmula hierba + fruto seco + queso + aceite de oliva puede ser replicada con toda clase de ingredientes a gusto del que se lo va a comer. Los ortodoxos te dirán que el pesto hay que hacerlo en mortero, machacando primero el ajo y los frutos secos, después las hierbas y finalmente el queso y el aceite. Seguramente tendrán razón, pero si no te da la vida para tanta artesanía, puedes echar las cortinas, cerrar la puerta de la cocina, cerciorarte de que nadie te está oyendo y usar una batidora o un robot de cocina. Y luego decir que lo has hecho a mano, por supuesto. Eso sí, nunca, nunca, nunca te pases con el triturado: el pesto no es una papilla, sino una salsa espesa en la que se deben notar los trocitos.
Para leer el resto de las recetas y el articulo de Mikel López Iturriaga seguir este enlace. http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/02/receta-cuatro-pestos.html
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